El panda

19 06 2007

El panda estaba harto de todo y decidió largarse.

Desde pequeño había aguantado comentarios acerca de lo mono que era. La gente le señalaba con el dedo y le obsequiaba con una sonrisa estúpida. Si se rascaba la barriga, todos aplaudían; si bostezaba, arrancaban a reír. Un día, haciendo una excepción en su sedentaria vida, se acercó a la verja para alegría de todos los que allí estaban. Miró con su cara de panda a cada uno de los presentes; todos se callaron, esperando algo grande.

El panda se tiró un pedo.

Al principio, todos continuaron en silencio, calibrando si realmente había pasado lo que creían que había pasado. Después, un niño pequeño se rió y todos le siguieron; algunos le llamaron guarro entre risas, otros le imitaron haciendo pedorretas con la lengua. El júbilo se apoderó de los visitantes del zoo.

El panda volvió entonces a su sitio, consciente de que realmente eran estúpidos. No volvió a acercarse a la valla nunca más.

El panda sufría constantes dolores de cabeza, acrecentados por el griterío tras el plástico transparente que los niños aporreaban con sus manos sucias mientras gritaban a las madres:

-Mira mamá: ¡el panda!, ¡el panda!

Como si para distinguir noventa kilos de oso panda en un fondo verde hiciera falta ayuda. Nunca faltaba algún niño (generalmente, niña) que se dedicaba a instruir a los demás con sus conocimientos sobre pandas.

-Son unos animales muy tranquilos. Son de China. Si matas un panda en China te matan o te meten en la cárcel. Para siempre.

El panda odiaba a las señoras que repetían:

-Es adorable.

Odiaba a los niños que le pedían que se moviese.

Odiaba a los niños que le observaban en silencio, con sus manitas apoyadas en la frente a modo de visera.

Odiaba a los padres que subían a sus hijas a hombros y les preguntaban: “¿El panda es blanco con manchas negras o negro con manchas blancas?” Y se reían de su ocurrencia mientras la niña se quedaba todo el día dándole vueltas al asunto, como si de algo vital se tratase .

Como buen oriental que vive en Europa, el panda tenía sus contactos. Le debían algunos favores y no dudó en cobrarlos. El lunes era el día más tranquilo de la semana en el zoo. Después de desayunar, el panda se largó por la puerta de atrás, que alguien, convenientemente, había olvidado cerrar.

El lunes, sin embargo, no era un día tranquilo en la ciudad. La ciudad y el zoo tienen ritmos antagónicos. Pero esto el panda no lo sabía, nunca había salido del zoo. No tardó en correrse la voz de la presencia del panda en la ciudad. Ya habíamos dicho que noventa kilos de oso panda no pasan fácilmente desapercibidos.

El panda, para variar, se había levantado con jaqueca. Cuando oyó que se acercaban las sirenas pensó que la cabeza le iba a estallar. Para colmo, la gente empezó a gritar y a señalarle (aunque eso al panda no le sorprendió lo más mínimo). El panda sólo quería largarse de allí. Alguien con pantalones cortos, sombrero y rifle gritó a la gente que se apartara. Disparó un dardo en el culo del panda.

La gente se calló de golpe, y el panda lo agradeció infinitamente. Notó como sus patas perdían fuerza y se tumbó en el asfalto. El efecto del dardo fue eliminando progresivamente su dolor de cabeza.

Rodeado de curiosos, pero en silencio y sin dolor, el panda, por fin, se largó.





Quinto concurso de Microrrelatos

26 05 2007

Sí, porque… Na, ganadora de la cuarta edición, ya me ha comunicado la siguiente palabra clave, y esa es: “PALABRA”.

Así que ya podéis ir pensando vuestros microcuentos (longitud máxima: 600 caracteres sin espacios). Recordad que se pueden presentar a lo sumo dos cuentos y que éstos deben incluir la palabra clave -‘palabra’, en esta quinta edición-.

♣ Fecha límite para mandar tu relato: domingo 3 de Junio

¡Suerte!





Bebé

28 02 2007

Ese niño no era normal, ¿dónde se ha visto que un bebé muera de un ataque de risa?

Cuando fui a verles ya llevaban seis meses con el crío, tenían los ojos rojos y los párpados negros de no dormir; Arturo llevaba una barba descuidada, me acuerdo porque se me hizo muy raro verle con tanto pelo en la cara, él siempre tan afeitadito. Yo miraba la foto de la boda que tenían en la entrada y te digo que no les reconocía.

¿El niño? Miedo daba, todo el día llorando. No callaba el condenado, pero no callaba de verdad. Que los bebés normalmente son llorones y no se acaba el mundo. Pero éste era distinto; las vecinas decían que si la madre era muy joven, que si no sabía cuidarlo… a la gente le gusta mucho hablar, pero es que ese niño no se callaba ni debajo del agua, no se callaba ni dormido… porque esa es otra: el bebé no dormía. No me mires con esos ojos que te digo que no dormía. Ese bebé sólo se callaba cuando le daban el pecho. Mira como estaría la pobre que, en vez de mirarle atontada como hacen todas las madres del mundo, se quedaba dormida con la teta fuera hasta que comenzaban otra vez los berridos.

Un día les dije que mi madre nos mezclaba un poquito de coñac en el biberón cuando nos poníamos pesaditos y que, según ella, mano de santo. La chica se disculpó -siempre había sido muy modosa- y se llevó a su marido a la habitación para no discutir delante de mí, aunque yo no me iba a molestar porque un consejo es eso: un consejo. Si no le quería dar coñac al bebé a mi plin, que el bebé es suyo y no mío ni de mi madre (que en paz descanse). Resulta que, aunque se habían ido a su cuarto, yo lo oía todo porque la casa es muy pequeñita, las paredes muy finas y, no es por presumir, pero yo es que tengo muy buen oído. Ella empezó a gritar, decía que no pensaba emborrachar a su bebé y Arturo decía que si no había otra manera de hacerle callar que algo habría que hacer, que no aguantaba más. Hombre, yo creo que la muchacha exageraba un poco porque tampoco hacía falta emborrachar al niño, sólo darle un poquito para que se durmiese que falta le hacía… Ante la insistencia de Arturo ella gritaba más fuerte que no y que no, que qué clase de madre da alcohol a sus hijos. A estas, el bebé aullaba cada vez con más fuerza.

Después, se oyó un sonido fuerte y seco. Le había arreado un sopapo y a la chica se le bajaron los humos de golpe y dejó de gritar. Lo que me sorprendió fue que el bebé se callara; me pareció escuchar una risa pequeña, ya te he dicho que tengo buen oído. Hubo un silencio y me acerqué un poco a la puerta, por si podía ayudar. Oí como volvió a cruzarle la cara y esta vez lo escuché claramente: el condenado del bebé se estaba riendo.

Cogí mis cosas y me fui, ya me lo decía mi madre: el undécimo: no estorbar. Más tarde me enteré de lo de la pobre chica y el crío. Una pena, con lo guapa que era antes de tener al niño, pero es que… ¡vaya niño!: un bebé que muere de un ataque de risa, ¿dónde se ha visto eso?

 

© Ana Boyero 2007





Postre

15 02 2007

-¿Lo has pensado?

-¿El qué?

-Ya sabes, lo que te comenté el domingo…

-¿El qué?

-Lo de tener un hijo, María.

-¿Saben ya lo que van a tomar?

-Perdone, en la fondue de chocolate con frutas, ¿qué frutas entran?

-Platano, naranja, manzana y cerezas, señora.

-¿Tenéis kiwi?

-No, señora.

-Pues tráigame una mousse de limón.

(Pausa)

-¿Lo has pensado?

-¿El qué?

-Disculpe señora pero no nos queda mousse de limón. ¿Desea otra cosa?

-¿Me dijo que eran cerezas o guindas?

-¿Perdón?

-En la fondue.

-Son cerezas, señora.

-Es que las guindas me sientan mal, ¿sabe usted? Luego me paso la noche vomitando y…

-Son cerezas, señora.

-Bien, tráigame entonces la fondue de chocolate con frutas.

(Pausa)

-Esta fondue está buenísima, ¿de verdad que no quieres probar?

-María, lo del niño… ¿lo has pensado?

-Qué rico está el platano. Una pena que no tengan kiwi, ¿a quién se le ocurre hacer una fondue de chocolate con frutas sin kiwi?

-María, ¿has pensado en la posibilidad de que tengamos un hijo?

-Sí, sí, tendremos un hijo pero primero prueba el platano.

-Está bueno, sí.

-¿No te vas a pedir postre?

-Es mucho uno sólo para mí. Estoy casi lleno.

-Si quieres lo compartimos, pide lo que quieras.

-¿Camarero?

-Sí, señor.

-Tráigame unas guindas, por favor.

© Ana Boyero 2007





Louis Vuitton

25 01 2007

-Tía, ¡qué navidades!

-Hola.

-En Nochebuena cenamos en el Saint-Tropez, pasamos la noche en el Luxus… y al despertar… ¡había un montón de regalos!

-Vaya, qué bien.

-Un vestido de Chloé, una camiseta de Stella McCartney y un Louis Vuitton.

-¿Qué es un Louis Vuitton?


-Tía, un bolso: es súper bonito y… carísimo. ¿En qué mundo vives que no sabes lo que es un Louis Vuitton?

(Silencio.)

-Bueno, ¿a ti te han regalado algo?

-Sí, un Fernando Abelló.

-Qué gracia, así se llama mi novio… No conozco esa marca. ¿Qué es?, ¿otro bolso?

-Un poema.





Las parejas gilipollas

23 01 2007

Las tres parejas conversaban en el bar. Pidieron tres cervezas, dos claras y un té helado.

Ignacio miraba a Susana. Sus pechos se apretaban, obstinados, contra los botones de su camisa. Irene era guapa pero Ignacio encontraba sus tetas demasiado pequeñas.

Joaquín miraba a Irene. Tenía la cara perfecta para unos ojos verdes. Lamentó que Julia tuviera los ojos marrones y, para ser exactos, un tanto vulgares.

Santi miraba a Julia. Le gustaban sus piernas bien formadas y sentía deseo de apretarlas. Susana vestía muy bien, pero desnuda resultaba demasiado flaca.

El camarero trajo las bebidas y un plato con almendras saladas.

Susana miraba a Irene.

Irene miraba a Julia.

Julia miraba a Susana.





Hombres

19 01 2007

Siempre me han gustado los hombres morenos y altos; los hombres muy masculinos, con hombros anchos y brazos fuertes. Aún no entiendo como acabé enamorándome de una vieja.

© Ana Boyero 2007

Concurso Sky4You Gracias, Ahasvero 😉

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