Tener el control

10 08 2010

Le tranquilizaba tener el control. Incluso antes de la enfermedad, en el cajón de la cómoda nunca habían faltado preservativos y tranquilizantes. Por si acaso, siempre por si acaso. Hubo un tiempo en que los anticonceptivos ganaban por goleada a las pastillas, ahora estaban todos empatados a doce. Intuía, resignado pero tampoco abatido, que no habría necesidad de comprar más condones, una docena sería suficiente para acabar sus días. Después pensó que no quería morirse desperdiciando nada y se dijo que la noche que gastara el último se tragaría la tableta de medicamentos entera. Le tranquilizaba tener el control y, además, qué coño, era un rata.





La brasa a diario

10 08 2010

¿Qué tienen en común ser vegetariano y fumar? Todos los días, al menos una vez, alguien te va a preguntar que por qué lo haces.

Una razón más para seguir comiendo hamburguesas.





La pausa

3 08 2010

¡Menudo día! Recordaba haberlo empezado en pijama sujetando la taza de café con una mano y sosteniéndose la cabeza con la otra. Después, nueve horas de edición imparable porque su jefe había recordado en el último momento que cuando dijo viernes en realidad quiso decir martes. Dos reuniones intensas y nueve llamadas de teléfono, todas de trabajo. La tarde había terminado con una Sofía empeñada en arrastrarla al cine. De camino al metro, muchísima conversación acerca de la productora (insultos hacia compañeros ineptos, especialmente). Antes de despedirse, una sonrisa ambigua de su amiga preguntándole cómo estaba. “Bien, con prisa”, respondió ella mirando el reloj. Ningún cigarro en todo el día, ninguna pausa, una entrada en el último momento al Opencor para hacerse con un brick de leche y algo de pavo y ya estaba buscando las llaves a ciegas en el bolso mientras subía las escaleras. De locos, un día de locos. Al dar la luz de casa, una bofetada de silencio. Ni televisión ni música, ni siquiera los molestos disparos del Call of Duty. Cayó en la cuenta de que Juanjo se había marchado hacía semanas. Lo había olvidado. Hoy lo había olvidado. Guardó la compra en la nevera y enjuagó la taza de la mañana. Se sirvió un café y dejó caer, agotada, la cabeza sobre la otra mano. La mirada perdida sobre una mesa llena de migas de una tostada, ahora tiesa y fría, que había sido incapaz de morder trece horas antes.





Sufrir (es mejor que esperar)

30 07 2010

Escuchaba temas de solistas cubanas que le cantaban al desamor rompiéndose la voz con agonía y desamparo. Sólo tenía 14 años y soñaba con salir de su pueblo.





La niña

28 07 2010

-No me gusta que fumes- le soltó la niña sin dejar de mirar el cigarrillo, extasiada por el humo y todo lo prohibido y desafiante que ello implicaba.

-A mí no me gusta que toques el chelo- respondió su niñera, hasta las pelotas de aquel día de locos yendo de una clase magistral a otra arrastrando a una mocosa que la ignoraba excepto cuando caía en la cuenta de que su vida sería más cómoda si ella llevara su mochila a cuestas.

-Se lo diré a mamá y te vas a enterar.

Calada larga. Indiferente. Retadora.

-¿Puedo probar un poco?

-Tienes nueve años, por supuesto que no. Además, esto es muy caro.

-Tengo un billete- y mostró 5 euros, la niña siempre llevaba encima más dinero que ella.

La hizo sufrir tomándose un tiempo desproporcionado en expulsar el humo.

-No.

La niña desenfundó su puchero y cogió aire para volver a llorar, aún no se le habían secado las lágrimas de la última rabieta, por algo de no escoger no sé qué calle para volver a casa. Después de quince ataques de pánico, la simple visión del principio del estallido fue suficiente para convencerla de algo tan fuera de lugar como ofrecerle tabaco a un niño.

-NO LLORES. Darás una calada y no le dirás nada a tu madre, ¿estamos?

Automáticamente el puchero fue sustituido por un pestañeo y una boca que hubiera servido para hacer unos aritos de humo estupendos. Cogió aire, preparada para la experiencia de su vida.

-Muy bieeeen- la animó mientras aspiraba, como una madre primeriza que le da el biberón a su bebé.

Obviamente, se atragantó. Tosió y empezó a llorar con cara de angustia, sintiéndose nerviosa, estafada y culpable. Tres meses aguantando sus desplantes habían logrado que dejara de sentir empatía hacia la criaturita. La rabieta duró un tiempo indeterminado en el que ella siguió fumando y escuchando música mentalmente. La repelente se calló cuando le pareció oportuno, había visto algo que le llamaba la atención:

-¿Qué pone ahí?- y señaló la cajetilla.

-“Fumar mata”- mentirle a un niño, eso sí que no.

Volvió a llorar. Tenía la cara roja como el bote de ketchup que había volcado aposta en el mantel unas horas antes, la mano que guardaba el billete estaba apretada como cuando le pegó un puñetazo por haberle hecho daño al intentar peinar su estúpido pelo rizado con el cepillo de las muñecas (a pesar del sincero consejo de amiga, de sentido común, de no utilizar plástico barato para algo tan delicado como la cabeza femenina). Su mirada era de odio, superioridad y resentimiento, la misma con la que se levantaba cada mañana. La niñera, que no hacía tanto tiempo que había tenido nueve años, apagó el cigarrillo y se acercó a la pequeña. Se inclinó de rodillas para ponerse a su altura y le limpió las lágrimas delicadamente. Acarició su pelo y le fue abriendo con dulzura los deditos de la mano. Poco a poco, los hipos comenzaron a calmarse.

-Cariño…

La niña devolvió una mirada suplicante, con la mano extendida, abierta, indefensa.

-Me debes 5 euros.





El precio

25 07 2010

Siempre había defendido el derecho a equivocarse. El derecho a intentarlo y tropezar. El derecho a cagarla. Y eso fue lo que hizo, saltó con lo puesto y dejó atrás todo sabiendo que era difícil pero que quería intentarlo. Se rompió la cara, como todos habían previsto cómodamente desde sus sofás. En el baño, aprovisionado de algodones y gasas, se miró al espejo y se dijo que al menos ahora contaba con una certeza, que la incertidumbre y el miedo no le volverían a quitar el sueño por la noche. Con mucho dolor y un tanto forzadamente, sonrió. Desolado, descubrió que sus encías estaban vacías y que el poco marfil que quedaba en ellas estaba empapado de sangre.





Homicida decorador de interiores

11 05 2010

Tienes un pájaro en la cabeza, no sabes bien si es un colibrí o un cuervo, pero tiene pico y habla. Quizás sea un gorrión que está dormido, hinchado con sus plumas grises y cara de empanado, quizás sea un buitre leonado de amplias alas al que se le empiezan a calcificar las garras de tanto sujetarse al monísimo columpio en el que ha dejado de balancearse monótonamente. Tienes un pájaro en la cabeza y se está asfixiando, y cuando la palme el pájaro tendrás un cadáver rígido entre el cerebro y la trompa de eustaquio, con las uñas hacia arriba y el pico abierto, y por mucho que te empeñes en comprarle un bebedero dorado y una ilustración de Ikea imitación de Klimt que le dé a la jaula un toque moderno y artístico, lo cierto es que estarás decorando la casa de un muerto. El día del fallecimiento del ave, el sistema te enviará unas flores de plástico que tú, ingenuo idiota, pensarás que son un detalle para posar sobre la silueta del pájaro marcada en tiza, pero lo cierto es que son para ti: “Bienvenido, ya eres uno de los nuestros”.